Jesús García Corona joven originario
de nuestra ciudad de Hermosillo fue un maquinista recordado por dar su vida
para salvar al pueblo de Nacozari, por lo que hoy en día lo conocemos como “El Héroe de Nacozari” y a la población como
“Nacozari de García”.
Basta un instante para hacer un
héroe y una vida entera para hacer un hombre de bien.
Empezó siendo aguador por su poca
edad, tenía solamente 17 años cuando inició, pero fue promovido rápidamente, y
ascendió en poco tiempo al sector de mantenimiento de vías. Trabajó como
controlador de frenos y posteriormente como bombero. A la corta edad de 20 años
llegó a ser ingeniero de máquinas.
Fue un 7 de noviembre de hace
exactamente 105 años cuando cerca de las seis de la mañana, Jesús se dirigió al
centro de Nacozari. Su locomotora fue la #2, pero debido al famoso corrido en
su honor la conocemos como la #501, y era un poco menor que las utilizadas
normalmente.
Después de haber sido engrasada,
ya lista para salir, Agustín Barceló e Hipólito Soto, encargados de frenos,
reportaron que Alberto Biel, un alemán de edad madura, se encontraba en el
hospital, por lo que Jesús García lo reemplazó y quedó a cargo del tren. Por
casualidad o por azares del destino Jesús estuvo en el lugar adecuado, a la
hora adecuada.
Debía llevar un cargamento de
cuatro toneladas de dinamita, que eran utilizadas en la ampliación de la mina,
al almacén de explosivos para colocarse en dos furgones. Era el más poderoso
tipo de dinamita.
Durante la operación de carga del
tren, Jesús aprovechó para ir a casa. Jesús encontró a su madre alterada la
cuál le comentó un presentimiento de que no lo volvería a ver.
Jesús dejó 50 de sus góndolas en
El Seis y descendió a la mina, en el nivel más bajo, el cargamento había sido
completado.
En espera de su locomotora, Jesús
descubrió que los trabajadores habían dejado disminuir el fuego, lo cual había
ocasionado una pérdida de presión del vapor. Los ingenieros en otro error aún
más serio: no colocar los carros con explosivos al final del cuerpo del tren.
En este viaje, los trabajadores colocaron la dinamita en los dos primeros
carros, enseguida de la caldera. La disposición de la carga debía ser
autorizada por el conductor, pero ese día no había tal.
Al aumentar la presión del vapor,
luego, tan lento cómo fue posible, Jesús dio reversa al vehículo y lo colocó
fuera de la mina; el viento del norte empezaba a jugar con los remolinos del
humo y del vapor. Librada del freno, la locomotora trabajaba en contra del
viento; las chispas vivas, emanadas del contenedor, que no había sido
arreglado, volaron sobre el motor y la cabina, llegando incluso hasta los dos
primeros furgones, cargados con cajas de dinamita.
No hay héroe en la soledad; los
actos sublimes están determinados siempre por el entusiasmo de muchos.
Al principio el fuego fue
notificado por la cuadrilla de trabajadores y más adelante por simples
transeúntes. Francisco Rendón, frenero encargado de dirigir los rieles a
Pilares, y el otro frenero intentaron inútilmente detener con sus ropas el
fuego. Jesús le pidió a la cuadrilla que lo acompañaba que se arrojaran del
tren e imprimió toda la fuerza a la locomotora. Obedeciendo las órdenes de
Jesús, José Romero saltó del tren y rodó hacia la maleza. Milagrosamente había
alrededor una loma en donde se refugió.
Jesús y su locomotora subieron a
través del escarpado. Necesitaban avanzar otros cincuenta metros para llegar a
un terreno plano en donde Jesús pudiera así luchar por su vida pero no lo
logró.
De esta manera alejándose del
pueblo, Jesús García salvó Nacozari y sus habitantes de sucumbir ante una
explosión tan enorme, que la locomotora desapareció completamente. Jesús murió
al instante, lanzado por el frente de su cabina. Gran parte del motor fue
también lanzado y el cuerpo de Jesús fue alcanzado por las ruedas traseras.
Un estruendo como temblor sacudió
Nacozari y la onda de expansión quebró vidrios y sacudió las habitaciones; ésta
fue oída a 16.09 kilómetros de Nacozari.
La carnicería en el kilómetro
seis era impresionante. Los cuatro obreros fueron muertos y un niño de 15 años
fue atravesado por un metal lanzado desde cien metros en donde ocurrió la
explosión. Del almacén no quedó nada, 18 de los residentes y demás trabajadores
fueron heridos y trasladados en vagones al hospital en Nacozari. En silencio,
los sobrevivientes removían los escombros del tren: carros despedazados y
cabinas destruidas. El motor estaba encajado en un cráter, lejos de las vías.
Jesús fue identificado por sus botas, lo cual fue trabajo de sus hermanos,
quienes recogieron los restos y lo llevaron a casa.
En total fueron 13 las personas
que murieron, pero sin duda fueron cientos los que salvaron la vida debido al
heroísmo mostrado por Jesús quién alejó el tren lo más posible del pueblo. Al
morir Jesús contaba con 26 años.
Posteriormente fue declarado
Héroe de la Humanidad por la American Royal Cross of Honor de Washington.
Por su valiente labor y trágica historia, el 7 de noviembre es nombrado nacionalmente el día del ferrocarrilero.
En su honor se erigieron una
serie de monumentos; calles, avenidas, colonias, escuelas, llevan su nombre. El
famoso corrido “maquina 501” relata el acontecimiento de hace 105 años, que
hasta la fecha conmemoramos y recordamos este acto que salvó a la población de
una muerte masiva y posible desaparición de éste pueblo.
La temeridad cambia de nombre
cuando obtiene éxito. Entonces se llama heroísmo.


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